Por Eric Nepomuceno
Desde Río de Janeiro
Brasil es, entre los países emergentes, un exportador de cierto
relieve. Produce y vende al mundo soja, mineral de hierro, carnes, café, aviones, automóviles,
manufacturados, y también alguna que otra secta evangélica (la Iglesia
Universal del Reino de Dios, por ejemplo, engendro puramente brasileño,
es una potencia que crece en el mundo). Ultimamente, la lista ganó
al menos dos novedades: cada vez más Brasil produce y vende sueños e
ilusiones.
El sueño de ser jugador de fútbol o modelo son algunas de las excusas para fortalecer el
tráfico de personas, que no hace otra cosa que crecer en el exterior, según arrojan las investigaciones. La consecuencia
es que cada año aumenta el número de casos investigados por la Policía
Federal brasileña. Hay los que resultan en prostitución, venta de
órganos, adopción ilegal de bebés, trabajo esclavo y algo más.








